Ya ha llegado el mes de Ramadan, el noveno mes del calendario lunar islámico, que como cada año se adelanta entre 10 y 12 días con respecto a nuestro calendario solar habitual. Durante un ciclo lunar (29 o 30 días) los fieles musulmanes adultos y sanos están llamados a ayunar (lo que significa abstenerse de comer, beber –agua tampoco–, fumar y de cualquier placer sexual) mientras haya luz solar. Pero el Ramadan es sobretodo un mes de contemplación y adoración religiosa (puesto que marca la revelación del libro sagrado del Corán), de caridad y de intensa socialización para las familias musulmanas.
En Jerusalén, recuerdo, es el estruendo de un cañón lo que marca el levantamiento diario de la prohibición del ayuno al ponerse el sol y, nuevamente, antes de que amanezca, un nuevo cañonazo apremia a los fieles a levantarse, orar y comer antes del inicio del ayuno (إمساك) diario. Mientras la luna preside el cielo, familias, amigos, vecinos o conocidos se encuentran para comer, celebrar y orar. En Ramadan no se cierra la puerta a nadie. Todo el mundo (incluso desconocidos) puede sentarse entorno a la mesa. El Iftar (إفطار, la primera comida tras romper el ayuno) es la más concurrida de todas. El menú obviamente cambia de una región a otra del mundo. Por mi experiencia, en Oriente Próximo, la sopa de sémola de trigo (الشوربة) suele tener un papel protagonista cuando el Ramadan cae en invierno. Aperitivos como el falafel (فلافل), el hummus (حمٌص), el tabule (طبولة) y todo tipo de verduras de temporada, algunas de ellas rellenas de carne, arroz o frutos secos, nunca faltan. Los platos principales suelen variar según la época del año: el arroz con carne, pollo o verdura (مقلوبة) es un clásico. Cada noche, amigos, conocidos y familiares se encuentran en una casa distinta para romper el ayuno y luego salen a pasear, tomar algo o hacer compras dado que las tiendas, los puestos de dulces y las cafeterías abren hasta altas horas de la madrugada (cuando la situación política lo permite, claro está). Guirnaldas de fiesta, luces de colores y multitud de exquisitos olores y sabores salpican las calles de madrugada mientras los fieles se congregan en las mezquitas para la oración del Tarawih (تراويح). En Hebrón tuve la suerte, incluso, de conocer la figura del musahher, un tamborilero que pasea por las calles de madrugada, asegurándose que los somnolientos fieles se levantan a tiempo para orar, tomar su última comida (el Sohuor, سحور ) y fumar su cigarrillo antes de que salga el sol.
El tiempo en Ramadan adquiere un ritmo diferente marcado por los encuentros sociales, las oraciones y la dificultad de trabajar con normalidad, sobretodo durante las largas y calurosas jornadas veraniegas. Sin embargo, pese a la irritabilidad que inevitablemente conlleva el ayuno islámico, un sentimiento de emoción, celebración y piedad impregna muchos aspectos de la vida. A pesar de las dificultades políticas y sociales (o quizás a causa de ellas) el Ramadan es una ocasión de regocijo para los musulmanes que desarrollan en este mes un abrumador sentido de lo sagrado y de comunidad. El Ramadan, dicen los musulmanes, es generoso. Ramadan Karim, entonces, a todas y todos aquellos que esperabais su llegada con ilusión y anhelo.

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Posted by monicaleiva | 24 de April de 2013, 10:56