El miedo se abre paso en Damasco

EL PAÍS, 20 de abril de 2011

La necesidad de cambio se palpa en la capital siria, pero la falta de un líder y un plan para obtener la libertad aún siembra dudas sobre el relevo del presidente 

DAMASCO. Damasco la vieja intenta recobrar su pulso habitual en una semana plagada de festividades nacionales y religiosas, y con la incertidumbre de si el turismo llegará a la capital siria este año, a pesar de las revueltas especialmente violentas en el sur del país. Bicicletas de varillas, vendedores ambulantes y griterío infantil serpentean entre un mar de terrazas blancas, minaretes y cúpulas. Hay una expresión de inquietud en el rostro de los damascenos ante la expectativa de que un nuevo viernes de rezo puede convertirse en un día de la ira. Hay temor a la represión policial y a una batalla con muchos muertos.

Comprender las demandas de los disidentes y calibrar el apoyo real con el que cuentan es una tarea difícil en la opaca sociedad siria. Cierto es que los manifestantes expresan un deseo de libertad, pero mientras los líderes occidentales interpretan esa consigna como un acercamiento a los valores liberales y democráticos, los medios de comunicación iraníes se apresuran a definirlo como un “despertar islámico”. No cabe duda de que las manifestaciones denotan un hartazgo por la opresión política, la corrupción endémica y el empeoramiento de las condiciones de vida de la última década, pero más allá de eso, parecen carecer de un liderazgo transversal y de un programa coherente capaz de despertar el interés de las minorías religiosas, los sectores laicos y la pequeña burguesía damascena, bases sociales sobre las que se cimenta el régimen baazista.

“La gente quiere reformas, es cierto, pero preferimos que Bachar el Asad siga liderando el país”. Muchos sirios, jóvenes y adultos, de clase media, expresan en estos términos su miedo a un cambio de statu quo en el que irrumpan el islamismo, el caos, la guerra y las luchas sectarias. Miedos todos ellos legítimos tras los que se escuda el régimen para cerrar filas sobre su causa. No en vano, los medios de comunicación sirios -gubernamentales o censurados- dan estos días especial relevancia a las noticias referentes a las rigideces del islamismo, las confrontaciones sectarias o las devastadoras consecuencias de las guerras con Israel y Estados Unidos en la región, todo ello amenizado con canciones o eslóganes de exaltación nacional.

La continuidad de El Asad también genera un amplio consenso entre la oligarquía damascena, las élites políticas y militares y el aparato burocrático del Estado, incluidos los omnipresentes servicios de inteligencia. Dentro de esa red de poder tejida a base de vínculos familiares y de carácter clientelar las demandas de apertura y transparencia han sido interpretadas como una lucha a vida o muerte. “Nunca antes se había vivido así de bien en este país”, declaran ofendidos un funcionario tras otro al ser requeridos por los medios locales. “Dios proteja a Bachar. En sus manos está el bienestar del país”, rezan los murales que inundan calles y comercios.

Pero pese al firme apoyo al régimen de un tercio de la población, la ola de descontento público ha ido in crescendo en todo el país desde que el pasado 18 de marzo se alzaran las primeras voces disidentes en la localidad fronteriza de Deraa. Quizá no resulten demasiado numerosas para un observador ocasional, ni mucho menos generalizadas, pero lo cierto es que, en un Estado donde resulta extremadamente arriesgado exteriorizar cualquier tipo de crítica al orden establecido, la importancia de las protestas no radica tanto en el número de manifestantes sino en la determinación de los mismos para reclamar sus derechos por encima de sus temores. Los que antes no se expresaban ahora dicen “¡esto no puede ser!”, “¡basta ya!”, “¿qué es esto?”, lo que ilustra la brecha abierta entre el pueblo y las autoridades. Acostumbrados a que siempre haya alguien escuchando, los sirios son gente reservada, pero en la intimidad, en las tertulias en torno a un mate, una bebida popular, confiesan haber puesto en entredicho su confianza hacia el jefe de Estado. “A menos que el presidente tenga cartas escondidas en su manga y las saque en el buen momento, las cosas no van a mejorar”.

Nadie en Damasco olvida que Bachar el Asad asumió la presidencia en 2000 tras la muerte de su padre, Hafez, quien en 1970 consiguió estabilizar un país sacudido por una incesante sucesión de golpes y contragolpes de Estado. Para lograrlo, Hafez el Asad, miembro de la minoría musulmana alauí, instauró un régimen totalitario y levantó un frente común con otras minorías confesionales -drusos, cristianos- y con las élites económicas suníes. En 1982, para zanjar una violenta insurrección islamista que desde hacía años amenazaba con arrebatarle el poder, la artillería siria bombardeó incansable durante tres semanas la localidad de Hama, bastión de los Hermanos Musulmanes. Perdieron la vida entre 5.000 y 20.000 personas, según las diversas fuentes.

Este brutal episodio consiguió aniquilar a la oposición islamista, pero radicalizó todavía más al régimen y a los miembros de su partido único, el Baaz. Todavía hoy la sombra de la venganza por la matanza de Hama es instrumentalizada por los sectores más conservadores para cerrar el paso a aquellos compromisarios más aperturistas, todo ello pese al rechazo explícito a la violencia y al establecimiento de un Estado islámico por parte de los líderes de los Hermanos Musulmanes sirios, refugiados en el exilio.

El Asad intenta resarcir a las minorías hostigadas

M. R. DAMASCO. Como el resto de la región, la sociedad siria se articula en torno a un complejo mosaico de 18 credos distintos entre los cuales los musulmanes suníes representan alrededor del 70% de la población. “Todo es culpa de los kurdos” es un lema muy recurrente estos días. La cohesionada minoría kurda, con su idioma, su cultura y su sentimiento nacional, ha sido vista tradicionalmente con gran recelo y desconfianza por la gran mayoría árabe que ve en ellos un peligro para la unidad y la estabilidad del país. En vano ha tratado el régimen de mantenerlos al margen de los acontecimientos emitiendo un decreto presidencial que otorga la nacionalidad siria a unos 250.000 kurdos considerados apátridas desde 1962. Organizados en 12 partidos clandestinos, los kurdos de Siria parecen haber encontrado en las manifestaciones un instrumento para conseguir una mayor aceptación de al menos parte de sus compatriotas.

Aparte de tratar de satisfacer algunas de las demandas históricas de los kurdos y de los sectores más ortodoxos del sunismo, El Asad ha concedido estos días la amnistía a varios centenares de presos y ha adoptado una serie de medidas populistas -como descuentos en los alimentos básicos o la reducción del servicio militar obligatorio a 18 meses- encaminadas a contentar a las clases medias. Ayman Abdul Tour, un compromisario reformista del Baaz exiliado, sostiene que “con esta estrategia El Asad puede conseguir frenar o hacer retroceder las manifestaciones momentáneamente”, pero si no hay reformas sustanciales “solo será el preámbulo de una nueva explosión”.

Efectivamente, en el centro de las demandas populares siempre ha estado la abolición de la Ley de Emergencia que desde hace 48 años arrastra un incesante reguero de presos políticos, represaliados y desaparecidos. El compromiso de El Asad de “poner fin a la Ley de Emergencia” ya lo tienen desde hace tiempo. Sin embargo, en los corrillos de los patios damascenos, con sus fuentes, sus mosaicos y sus jazmines todavía hay quien se pregunta si este cambio de estrategia del régimen baazista derivará en la ansiada apertura o, por el contrario, será el preámbulo de un nuevo giro hacia el despotismo.

El miedo se abre paso en Damasco - EL PAÏS - 20 de abril de 2011.jpg

 

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