Bahrein, la revolución silenciada

Una de las cientos de vallas publicitarias que anuncian la cercanía del Gran Premio de Bahrain de Fórmula 1 este fin de semana. Se puede leer en árabe: “Una nación, una celebración”.

De todas las revoluciones árabes, la de Bahrain está pasando de puntillas. Ciertamente que la inestabilidad se asiente en una zona petrolera de vital importancia para el mundo no beneficia a los intereses de los árabes, ni siquiera a los nuestros propios. ¿Quién quiere tener que pagar el triple por llenar el depósito del coche?. El tema es complejo y delicado. La controvertida decisión de que la Fórmula 1 vuelva este fin de semana a la isla es una muestra más de la ansiedad que existe entre las élites políticas mundiales por dar carpetazo a un conflicto social y político profundo e incómodo, que nuevamente pone en evidencia la hipocresía humana.

Lo que ocurre en Bahrain es fácil de entender. La mayoría de ciudadanos se sienten maltratados, despreciados y robados por la élite en el poder (la familia real, los servicios secretos, los militares, la oligarquía, el aparato burocrático) que, a lo largo de los últimos 200 años, ha amasado un tremendo poder, impunidad y fortuna. Nada nuevo hasta ahí. Ocurre en todos los regímenes déspotas que conozco. De vez en cuando, el pueblo pide un reparto más equitativo, y los de arriba los acallan a base de castigos ejemplares u ofreciéndoles limosnas como muestra de su bondad infinita. Pero no pueden ceder demasiado terreno, pues eso haría peligrar sus privilegios y los de sus vástagos. Como desconfían del populacho, llegan incluso a importar policías y soldados de otros países lejanos, mientras sus jóvenes comen polvo sentados en las esquinas. Así es el círculo: los líderes siguen dilapidando la fortuna de la nación y el pueblo sigue quejándose. Casi siempre en la soledad de sus hogares y, sólo cuando vencen el miedo a las represalias y a la muerte, a cara descubierta. El éxito de las revoluciones de Túnez y Egipto (retransmitidas en directo) actuó en Bahrein como catalizador de toda esa ira silenciada. La gente salió a la calle, se dieron cuenta de que eran muchos, muchísimos, y, por primera vez, se sintieron invencibles. La imagen del pueblo unido les dio fortaleza e hizo factible lo que antes era inimaginable en la mente de individuos asustadizos.

Ahora bien, si sabemos que otros países que están atravesando procesos similares, ¿por qué no se habla de Bahrain?. Existen varias peculiaridades que podrían explicarlo. La primera es que la familia real, los Al-Khalifa, pertenecen a un credo minoritario en la isla, el sunismo, mientras que la mayoría de la población profesa el chiismo. Sunitas y chíitas son todos musulmanes, sí, pero mientras el sunismo se ha impuesto como la tradición ortodoxa y mayoritaria del Islam, con su centro neurológico en La Meca, el chíismo es una escisión minoritaria que protagonizaron los seguidores de Ali en el siglo XII. El protector y guía de las minorías chíitas, acusadas de herejía por amplios sectores del sunismo, sigue siendo a día de hoy el Irán persa. Es importante entender esto, porque eso inscribe el conflicto civil de Bahrein en ese enfrentamiento superior entre Arabia Saudí e Irán, entre sunitas y chíitas, entre los “amigos” y los “enemigos” de los intereses occidentales, que luchan por hacerse con el liderazgo de un mundo árabe en transformación.

El segundo condicionante del caso de Bahrein es su reserva petrolífera. El pequeño reino forma parte del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) junto a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar y Omán. Estos seis países controlan la mitad de las reservas petrolíferas del mundo y, pese a que distan de ser democráticos, cuentan con la protección de la comunidad internacional. No pueden permitir que la revolución se propague, pues todos ellos tienen suficientes motivos para temer una reacción en cadena (de hecho, se han documentado incidentes en Kuwait, Omán y algunas provincias de Arabia Saudí). Nada más empezar las concentraciones en Bahrein en febrero del 2011, los Al-Khalifa buscaron la protección del todopoderoso CCG. Arabia Saudí tomó el mando y consiguió tropas legitimadas por la Liga Árabe. Más de una año después, la isla continúa bajo ocupación militar de los ejércitos árabes y técnicamente se ha convertido en un protectorado político de sus vecinos saudíes.

Por último, se hace necesario recordar los vínculos de Bahrain con Occidente en su historia más reciente. Tras expulsar a los persas en 1783, los Al-Khalifa, miembros de la tribu árabe de Bani Utbah, se hicieron con el poder. Posteriormente, desde 1861 hasta 1971, Bahrain quedó bajo la influencia del imperio británico. En las últimas décadas, el régimen se ha esforzado por favorecer los intereses estadounidenses en la zona. No hay que la Quinta Flota americana se encuentra allí amarrada y que la isla es, por su cercanía a Irán y a los pozos petrolíferos, uno de los puertos de mayor valor estratégico para el ejército estadounidense.

Tienen todo en contra y aún así siguen intentándolo. Desde el 16 de febrero alrededor de 60 civiles han perdido la vida en las protestas pacíficas y miles han resultado heridos o represaliados. El proceso de diálogo político abierto por los Al-Khalifa en marzo de 2011 ha ido estancándose a medida que las grandes concentraciones se han hecho inviables y han ido derivando en pequeñas batallas aisladas con las fuerzas de seguridad. Este fin de semana, el gran premio de Bahrein de Fórmula 1 vuelve a celebrarse tras haber sido cancelado en 2011. Es la mejor manera de dar la aprobación internacional a un régimen déspota y corrupto, tras 14 meses de altercados. Pero la ira del pueblo sigue latiendo bajo la alfombra, por mucho que el mundo se empeñe en esconderla.

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