Siria, escenario de una revolución por asedio

En junio de 2011 escribí este artículo de opinión en inglés para el Centro de Estudios y Documentación Internacionales de Barcelona (CIDOB). Acababa de regresar de cubrir la incipiente revolución que acechaba a ese país árabe y que se había iniciado en marzo. La información era caótica y conflictiva e incluso sobre el terreno era difícil comprender a primera vista qué estaba ocurriendo y sobretodo por qué. Durante seis semanas recorrí gran parte de la geografía siria desde Hama, hasta Deraa, pasando por Homs, Duma y la mayoría de suburbios de Damasco. Mi obsesión era entender cómo se articulaba la opinión pública siria y por qué había empezado aquella revolución. Por motivos de seguridad lo firmé entonces con uno de mis pseudónimos, Emma Salma. El original en inglés está disponible aquí . A continuación os presento una versión traducida.

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Siria, escenario de una revolución por asedio (Junio de 2011)

Desde que el baño de sangre aumentara significativamente en Siria estas últimas semanas, la gente no deja de preguntar: ¿hay alguna señal sobre el terreno de que la revolución pueda tener éxito?.

La opinión pública está dividida en Siria. Es cierto que el apoyo hacia las autoridades disminuye de viernes en viernes, a causa de la brutalidad mostrada por el régimen y su despotismo en aumento. Pero el apoyo popular hacia la revolución todavía no es tan importante como para que aquellos que se oponen al cambio sean reacios a hablar en voz alta. Carteles y pancartas de simpatía con el régimen decoran las tiendas y calles de los barrios y pueblos donde la mayoría de la población apoya la dictadura, incluidos los centros de ambos Damasco y Alepo, las fortalezas del régimen. 

La oligarquía, el aparato burocrático, las élites políticas y militares, y la nueva clase media-alta (surgida la última década como resultado de la reforma económica de liberalización del mercado sirio) trabajan codo con codo con el régimen. También lo hacen la mayoría de las minorías religiosas, incluyendo a los cristianos (que están aterrorizados por la posibilidad del surgimiento de un régimen islámico), los drusos y los alauitas (la secta chiíta a la que el presidente Bachar el Asad pertenece). Este tercio de la población, acostumbrado a vivir a cobijo de la impunidad, aún no entiende la amenaza planteada por los revolucionarios como un serio desafío al estilo de vida que, hasta ahora, han dado por sentado.

Al margen de las dos mayores ciudades de Siria, en Deraa, Duma, Homs, Baniyas, Hama y otras muchas poblaciones, un porcentaje creciente de la población (liderados por los campesinos pobres, los jóvenes formados y desempleados, los intelectuales que anhelan la libertad de expresión y la oposición política) está tomando conciencia de la opresión, la corrupción, y la miseria que la actuación de los actuales gobernantes acarrea y, poco a poco, con una determinación en aumento, están tomando las calles. Y están pagando el más alto precio por su decisión. Cientos han muerto y miles han desaparecido. Muchas de sus calles recuerdan ya a escenarios de guerra; algunas ciudades son auténticos pueblos fantasmas la víspera de las protestas regulares de los viernes. En Deraa, epicentro de la revuelta, los tanques han sustituido a las personas; en Duma, un suburbio de la capital, los principales cruces están ocupados desde hace semanas por sacos terreros, y Homs ha sido completamente poseída por el terror. La ciudad de Hama descorazonada, inmersa en una sensación de déjà vu, es incapaz de olvidar la muerte de los miles que perecieron asesinados en 1982 a manos de Hafez el Asad, padre de Bachar, cuando puso fin de manera brutal a una violenta insurrección islámica que amenazaba con relegarlo del  poder.

Pero una cosa es cierta: en la psique de todos aquellos que han logrado vencer sus miedos y levantar la voz, simplemente no hay vuelta atrás. Pueden estar en desacuerdo sobre el escenario que debe venir tras derrocar al régimen, y sí, son conscientes de sus limitaciones territoriales, su falta de un liderazgo unificado, y su aislamiento internacional, pero si algo han conseguido transmitir es su firme determinación de continuar empujando contra el muro de la tiranía, incluso poniendo en peligro su propia vida, si fuera necesario.

 Sin embargo, existe también otra porción significativa de población, quizás decisiva, que debemos  considerar: los que nunca antes habían cuestionado al régimen (comerciantes, profesionales liberales, empresarios y segmentos seculares de la sociedad) que se ofendieron por el cinismo y la arrogancia mostrados por el presidente El Asad en su discurso crucial ante el parlamento sirio el 30 de marzo (de 2011). Estos grupos han dado ahora un paso atrás y están siguiendo el desarrollo de los acontecimientos con una ira creciente. En sus mentes, el movimiento para derrocar al régimen aún no se ha convertido en algo viable, sobre todo porque no hay alternativa clara en un horizonte plagado de amenazas: la violencia sectaria, la guerra civil, el islamismo radical, la intervención militar extranjera, la guerra con Israel,… una larga lista de temores legítimos explotados por el régimen como una herramienta de propaganda con el fin de cerrar filas entorno a su causa. 

Pero la confianza en el régimen, una vez puesta en entredicho, no puede darse por descontada. La dictadura es consciente de esta situación y está luchando por recuperar la legitimidad perdida castigando a chivos expiatorios; compensando a minorías agraviadas (como a los kurdos y a los hanbalis); lanzando falsas promesas de diálogo, reformas y amnistía; y apresurando la aprobación de una serie de medidas populistas, como el acortamiento del servicio militar obligatorio o la reducción de impuestos sobre los productos de primera necesidad. El Asad está tratando de recuperar la confianza perdida y evitar que el descontento social avive el fuego de la rebelión. 

La batalla por las mentes y los corazones es de gran importancia en Siria. Existe una buena razón para que el régimen evite que los medios de comunicación extranjeros demos cobertura adecuada de los acontecimientos y para que utilicen los medios de comunicación autóctonos como una herramienta de propaganda. La información dentro de Siria es caótica y conflictiva. Pero en la era tecnológica las autoridades ya no tienen control sobre el flujo de la información, ni pueden limitar al pueblo al boca a boca y a la propagación de rumores. El gobierno sirio sigue refiriéndose a las teorías de conspiración, acusando a grupos armados no identificados de traer la muerte y el caos a la nación. La desconfianza que genera ese discurso es muy grande fuera de su grupo de incondicionales, incluso entre aquellos que no han llegado a ver a los soldados de la Cuarta División descansar en las esquinas de las desiertas calles de Deraa, comiendo su sándwiches de zeit y zaatar bajo muros pintados con reclamos que los llaman a apoyar la revolución. Las apariencias, no los hechos, son la clave para que una revolución sea exitosa. 

Muchos analistas argumentan que la revolución no puede triunfar mientras el ejército apoye al régimen. Coincido en pensar que, a pesar de que algunos informes de motines y deserciones en las filas del ejército sirio son creíbles, con el férreo control que ejercen Bachar el Asad y su familia, es imposible imaginar un escenario similar al de Egipto o Túnez, donde el ejército en su conjunto abandonó al poder de turno a su suerte. Siria está protagonizando una revolución “por asedio”, en contraposición a la “revolución por asalto”, por emplear las palabras del difunto Ryszard Kapuscinski (Sha, 1992). Mientras que en el caso de la revolución por asalto el éxito de la empresa se decide en el primer asalto, en la revolución por asedio el primer golpe suele ser débil y no hace presagiar un cataclismo. 

A medida que los acontecimientos se aceleran, se hacen más dramáticos, y más personas se unen a la lucha, los muros que rodean a la autoridad comienza a agrietarse y a resquebrajarse. La lucha entre el régimen y los rebeldes, sin duda será feroz en Siria. ¿Quién sabe cómo el desgaste afectará a las filas de los bandos enfrentados? ¿Quién sabe lo que estará sucediendo en los pasillos del palacio presidencial?. Pero una cosa es cierta: mientras que el régimen de El Asad intentará lo que sea (“se detendrá ante nada” sea, quizás, más preciso) para evitar perder el poder, la verdad es que cada vez menos y menos sirios comulgan con ello y, por eso, están encarando sus propios miedos con un gran coraje, para ponerse en pie y hablar, alto y claro, ante aquellos que quieran escuchar.

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